Las flores de mi llanto

Hacía un rato que había pasado la medianoche y los niños buscaban un refugio en la gran calle. Yo acababa de aterrizar después de un vuelo infernal de casi 15 horas entre esperas y transbordos.

Un mundo de pobreza y de miseria inundaba las calles desiertas de aquella ciudad colonial de la Bolivia profunda. Los niños de la calle vagando por el asfalto, desorientados, perdidos, buscando amparo. Sucios, con los zapatos rotos, cubiertos de harapos demasiado grandes para aquellos cuerpos raquíticos castigados por el hambre. Ojos temerosos y audaces azotados desde antes de nacer por el rechazo social y la pobreza. Niños forjados y acerados en la dureza y el dolor.

Ellos, el último eslabón de la miseria, los indefensos, los que reciben el último empujón de esa violencia que desde las altas esferas sociales va despeñándose de peldaño en peldaño hasta llegar a desplomarse sobre ellos. Son los “Niños de la Calle”, los nuevos parias de la tierra de esa entrañable América Latina.

Un mundo para mí ignorado y desconcertante, vislumbrado y deformado a través de publicidad y marketing con sus posters y vídeos repletos de imágenes desgarradoras y convulsas, acentuando el morbo con sus grabaciones personalizadas, verdadero atentado a la dignidad.

Un mundo despiadado y cruel donde se malogra el tesoro más preciado de un país, sus niños. Un mundo, donde sobrevivir es el infierno.

Y el taxi recorría silencioso las calles en dirección al hotel. El conductor, un adolescente sin licencia, atravesaba sin temor los enrevesados callejones que conducían a las zonas calientes de la ciudad dormida.

Calles estrechas llenas de muchachos en grupos dispersos buscando espacios de protección. Caras sin rostro. Miradas huecas. Vínculos rotos. Acorralados. Casi expulsados y abandonados por la sociedad y vendiendo su cuerpo a precio de saldo. Un crecimiento perturbado, un futuro disuelto.

Eduardo, el taxista conocía bien aquel mundo del hampa. Su padre estaba en la cárcel por venta de drogas desde hacía 5 años. Tenía seis hermanitos Su mamá vivía con otro hombre que los maltrataba a todos. La “chicha” esa bebida de maíz fermentado de un alto grado alcohólico originaria de los Andes, le disolvía el cerebro.

En la familia reinaba la violencia y el abuso. Los niños hambrientos eran obligados a trabajar y a prostituirse. Al nal de la jornada, si los ”pesos” conseguidos eran escasos, los golpes y los insultos arreciaban sobre los frágiles cuerpos de aquellos ángeles indefensos, marcando sus rostros con huellas indelebles. Sobre su piel morena las claras huellas de profundas cicatrices trazaban una malla que les recorría desde los pies hasta el cuero cabelludo.

Sometidos al maltrato y a las vejaciones soportaban el peso de la crueldad, aproximándose a la muerte por hambre y desnutrición. Ese hambre crónica que les iba a limitar su crecimiento y desarrollo limitando su funcionamiento neuronal.

Ausentes de las escuelas. Eduardo era el único que había aprendido a leer y a escribir. Alguien le había enseñado a manejar el coche a cambio de su explotación. No había conseguido el carnet y sólo conducía por la noche, cuando el control policial era nulo.

Cuando le pregunto por el camino que le llevó a la calle, las lágrimas se pierden en sus ojos.

—El ambiente de mi casa era insoportable y ya no lo podía resistir más. Además de pasar hambre, aquel hombre que vivía en mi casa con mi madre nos daba palizas continuas cuando el alcohol le llegaba al cerebro. Yo sentía dejar solos a mis hermanitos, pero no podía vivir allí. Cuando puedo les voy a ver y les llevo comida.

Eduardo decidió marcharse de su casa y vivir en la calle huyendo de un ambiente familiar violento y desentrañado. El hambre le llevaba a navegar sin brújula en aguas turbulentas,

La pandilla era su fuerza. Viven privados de afecto y se refugian en el anonimato que les ofrece la calle. Mendigan, roban, venden, hacen trabajos menores o se prostituyen. Son los habitantes de un submundo llamado “la calle” donde no existe más ley que la supervivencia ni más dios que uno mismo. La explotación y la violencia, el abuso y la falta de alimentos, de atención y de acceso a la educación, son sus condiciones de vida.

Eduardo era un líder callejero, aunque la angustia la llevaba a cuestas. Con la familia rota y expuesto a peligros y enfermedades, deambulaba casi siempre sonámbulo por la ciudad, decidido a venderse al mejor postor. Transmitía esa soledad existencial que nos sobrecoge cuando descubrimos que estamos radicalmente solos. La necesidad de sentir la emoción de pertenecer, le permitía amortiguar su terrible soledad y por eso la pandilla era tan importante en su vida.

En el largo trayecto hasta el hotel nos hicimos casi amigos. Necesitaba contar su vida a alguien que le mirara a la cara, alguien que se hiciera cómplice de su amargura. La soledad y el aislamiento eran sus torturas. Sus carencias eran ifinitas. “Un adulto sin infancia”.

Le escuchaba con atención. Sus palabras retumbaban en mi cerebro y se grababan a fuego en el fondo de mi corazón. ¿Cómo vivir así?

Nuestra vida debería ser una celebración constante todos los días ¡que desigualdades y que privilegios!

¿Porqué la cigüeña lo descargó al nacer en aquellas planicies andinas y no a mi?

Hotel Glorieta en la calle Bolívar. El taxi se detuvo. Habíamos llegado. La noche era inhóspita y oscura. Eduardo, el chófer, se despedía con emoción como si quisiera quedarse. Me apretaba la mano con fuerza y en su expresión me transmitía un agradecimiento sentido. Había encontrado alguien que lo escuchaba contemplando su existencia.

Me transmitió su visión desnuda de la vida, su tristeza existencial, su aislamiento, sus carencias.

¡Quizá haya vida después de la muerte, pero lo que en verdad me obsesiona, es que no haya vida antes de la muerte!

Nos comprometimos a volver a vernos. Me dejó el regalo de su encuentro, que nunca sucede por azar. ”Nadie se cruza en nuestro camino por casualidad y no entramos en la vida de nadie sin ninguna razón”

El hotel era acogedor. En la recepción, Mario, un estudiante de medicina de tercer curso nos recibía. Era el mayor de cuatro hermanos de una familia estructurada y sólida. Estudiaba medicina por las mañanas y trabajaba en el hotel por la noche.

Mientras todos duermen se concentra en la anatomía a pesar del cansancio y del sueño. Sabe del trabajo y del esfuerzo. Es un niño grande alegre, extrovertido, servicial, es un niño feliz. ¡Qué terribles contrastes!

La acogida en el hotel fue respetuosa y cálida. Mi cuarto, un espacio luminoso y amplio desde cuyos ventanales se podían contemplar los cerros nevados de la cordillera. Estoy cansada, pero sobre todo, es la pena y la tristeza las que me ahogan.

Abro las ventanas de par en par y el frío entra con furia hiriente y agresiva golpeando mi cara perdida en la pena. Me siento en la cama grande y suntuosa y la nostalgia me llega sin saber por dónde. Focos luminosos difuminan los techos y las sombras me parecen verdaderos fantasmas. Contemplo el paisaje lejano y la verdad es que me hace daño. Con los pies descalzos y con el alma rota me miro al espejo y me contemplo...

Múltiples incógnitas rompen mis re exiones y me invade un desasosiego in nito. ¿Porqué la injusticia, la desigualdad, la pobreza? ¿Por qué los más vulnerables son siempre los más agredidos? ¿Porqué los niños, reyes de la casa en nuestras vidas son basura de desecho en otras? ¿Cuáles son y donde están los valores? ¿Donde está la conducta de esta sociedad que permite esos abusos?

Analizo mis oportunidades: mi educación exquisita, mi infancia feliz, mi doctorado en medicina, mi carrera profesional, mi salud, mis amores, mis hijos, mis amigos, mi casa, la alegría de vivir. Y el interrogante martillea mi cerebro perpetuándose como el eco todos lo días ¿Por qué?

El “jet lag” alteró mi ritmo de sueño nocturno. Llegó la mañana, inhóspita y fría y cuando el sol abría los ojos yo ya recorría impaciente las calles desiertas y empinadas de aquella ciudad blanca en su belleza mas desnuda. Balcones señoriales del tiempo de la colonia, iglesias barrocas, joyas de un pasado de esplendor, conventos perdidos en el murmullo de sus rezos, monjas andariegas madrugadoras y llenas de esperanza... y más allá, los barrios periféricos de la gran ciudad, desnudos y míseros mostrando su crudeza y su miseria.

En la plazuela redonda, la de los tilos en or, la gente se arremolina con angustia, con dolor. Es aquel niño perdido, el que anoche se durmió con su carita de luna y sus sonrisas en or. Sepultado por la bruma, el cansancio y el temor, atropellado y herido dejó el árbol y voló hacia parajes lejanos donde encontrar el amor...

Luz de niño tendido en la oscuridad. Estrella fugaz herida en su blancura. Rituales de sombras confundidas. Una instantánea de vida exangüe, doliente, mortal.

El silbido de las sirenas interrumpe mi andadura. La plaza despertaba agitada y convulsa sumergida en la tragedia. Sobre el asfalto un niño ¡Ha muerto un niño! La plaza inundada de policías. Gentes del hampa y madrugadores. Los que volvían de sus orgías nocturnas llevando consigo el peso de sus pecados. Borrachos confundidos por el alcohol y la indiferencia. Espectadores anónimos, curiosos, gentes de a pie impresionados por el suceso, campesinos vendedores de los mercados.

Las sirenas retumbaban hiriendo el silencio de los amaneceres. Un frío gélido y mortal cortaba el aire de aquella mañana triste. El tumulto se incrementaba y el clamor era insultante. ¡Un coche! ¡Una ambulancia! ¡Un médico!

Rostros afligidos, crispación, expresiones tristes, rictus de amargura, desolación.

¡Es un niño! ¡Ha muerto un niño! La vida se me vacía. Como una profunda herida la siento arrancando de mi alma los sollozos más profundos.

Sobre el asfalto, con su carita redonda y sus ojos de color, el niño yacía inerte. Conciencias removidas, sentimiento de culpa, indignación, gritos de rabia contenidos, silencio, dolor.

Era un niño de la calle. Desprotegido y ausente recorría la noche oscura buscando el abrigo, buscando calor. Su pequeño cuerpo temblaba de frío. Diminuto y frágil, sin nadie en el mundo, perdido en la noche, buscaba refugio, buscaba el amor.

Máscaras sin rostro cruzaban la calle. Miradas vacías, desprecio, dolor. Y el frío arreciaba y el niño lloraba, con sus ojos tiernos, lleno de fantasmas, de rostros sin alma, de duras vivencias, de noches de horror, aterido y yerto vagando en silencio. Nadie lo protege. Pureza. Candor.

¡Están llorando los tilos! ¡los niños perdidos!... y el follaje espeso con sus hojas tiernas de esperanzas tristes, los arrulla y cubre y les da calor. Y los más pequeños trepan por sus ramas hacia el cielo grande en el tiempo quieto, con sus manos torpes, con su cuerpo yerto, tiritando el alma entre el desconsuelo y la desolación, con ojos de cielo y cara de luna, parias de la tierra, ángeles perdidos...

Y las estrellas lejanas dejan su hueco en el cielo. Y el árbol gigante le sirve de abrigo, de espejos de nube en la luz sin sol, y le ofrece al niño su robusto tronco, sus ramas frondosas, su sombra y su olor, su follaje espeso, su dormir sereno, su cálido aliento, su sueño y su amor.

Con sus verdes hojas diseña su cama con frutos carnosos y le hace un colchón. Y con su carita envuelta en relatos el niño perdido pronto se durmió con sueños de luna, guirnaldas azules, cientos de juguetes, bolas de color, colchones de plumas... Y un baile de estrellas llenaron sus sueños...

Y el niño se duerme cubierto de luna, con sus ojos claros, con su pelo azul, con su piel dorada con re ejos áureos, mecido en las sombras, radiante de luz, perdido en sus sueños llenos de colores, entre caracolas teñidas de mar, pálidas burbujas otando en el cielo, barquitos de vela, faros de cristal...

Y como el cóndor gigante quiso atravesar el cielo y abrazando a las estrellas y sin alas se adentró en esos mundos prohibidos de misterio y de poesía, de serpentinas y ores, de música, de color, de jilgueros cantarines. Y allí decidió quedarse, deslumbrado y confundido al encontrar el camino, al descubrir el amor...Y mientras tanto en la calle su cuerpo inerte quedaba cubierto de ores blancas del árbol que lo acogía que como lágrimas vivas el mismo depositó sobre su cuerpo sin vida que en el asfalto quedaba...

Sentimientos de indignación y de rabia golpeaban con fuerza aquellas horas tristes. El niño huyendo de los monstruos de la calle que le terminaron devorando las entrañas !El vuelo del ángel!

Bolivia me recibía con la semilla triturada... Un desafío nacía en el fondo de mi corazón. ¡Tanto trabajo por hacer! ¡Tanta ternura por recuperar! 



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